Mi Historia

Blanca Cesilia Carrero


Conoce más sobre mí

Conocer a alguien es una tarea eterna que no tiene fin, estamos en constante cambio, ni siquiera podemos pensar que nosotros somos las mismas personas que ayer. Sin embargo, puedo contarte acerca de mis propios cambios, para que puedas imaginarte qué me trajo delante de ti. Mi nombre es Blanca Cesilia, Blanca por mi mamá y Cesilia, por mi abuela, quién se cambió informalmente de nombre en su adolescencia. Al principio, no me hacía gracia llamarme como alguien más, aunque fueran las personas más importantes en mi vida. Fue la “s” en el Cesilia, lo que me abrió a la diferencia en medio de un error en el registro civil.

Mis primeros años

Fuimos las tres, hasta mis once años cuando mi madre se casa por segunda vez. Mis padres se separaron cuando tenía dos años de edad, luego de un evento de violencia doméstica del cual tuve información justo a los mismos once años de edad, en que mi madre vuelve a casarse. Fue el año que marcó por primera vez, un antes y un después en mi vida. Hasta ese momento sólo recordaba haber visto a mi padre una sola vez a los cinco años, para luego enterarme de la verdad de su abandono, su violencia hacia nosotras y sus alucinaciones sin causa determinada, lo cierto es que mi mamá me reveló que él oía voces y veía imágenes que no podía controlar.

 

Para que esta historia vaya adquiriendo sentido, retrocedo para contarte mis recuerdos en la cuna observando pequeñas luces de color arcoíris flotando a mi alrededor, era frecuente que estas luces me acompañaran durante mis primeros años de vida. No sé si incluso estas sutiles experiencias me hicieron decirle a mi madre a los cinco años “Dios se equivocó, yo no soy parte de esta obra de teatro”, desde entonces ya sentía que no pertenecía a este mundo, también desde entonces tenía una sensibilidad artística que me conectaba naturalmente con el teatro. El teatro representó mi espacio de expresión durante la niñez y adolescencia, todo a raíz de los repetidos castigos de mi maestra de primer grado, tenía seis años entonces, por cantar y bailar imitando artistas famosos en plena clase de lenguas o matemáticas. No supe lo que era el receso escolar fuera de mi castigo encerrada en el salón de clases, hasta que crearon el grupo de teatro de mi escuela y me hicieron la única integrante. Presenté, por mucho tiempo, monólogos teatrales todos los lunes después del himno nacional.

No sé si incluso estas sutiles experiencias me hicieron decirle a mi madre a los cinco años “Dios se equivocó, yo no soy parte de esta obra de teatro”, desde entonces ya sentía que no pertenecía a este mundo​

Pero mis maestras no fueron las únicas que lidiaron con mi espíritu artístico y además justiciero, presto a defender a cualquier compañero ofendido por algún docente, aunque eso me costara una reunión personal con la directora de la institución. No sufría de amedrentamiento alguno, pues desde los cuatro años ya había vivido experiencias similares defendiendo mis derechos en el preescolar, hecho que las personas interpretaban bajo un “es hija de una abogada”. Mi madre también vivió por años ese “no saber qué hacer conmigo”, aunque en este caso no por mi conducta hiperexpresiva o activista, canalizada en montones de clubes de todo tipo, cuyo respiro eran mis buenas calificaciones a pesar de todo, sino por mis experiencias paranormales que si bien de niñas eran angelicales o no pasaban de lo sorprendente ejemplificado en un conocer a alguien y describirle su casa, su ocupación, sus detalles de vida o hasta su salud actual, cumplidos los once años se empezaron a tornar escalofriantes.

En mi adolescencia

Cuando vi la película “sexto sentido” lloré al recordar todas las cosas que colocaba como amuletos espirituales bajo mi cama. Santos, paños rojos, tijeras abiertas, rosarios, una Biblia, no faltaban en ese santuario que deseaba me protegiera de todas las visitas nocturnas que no me dejaban dormir. Mi madre me llevó a todo tipo de “expertos” en el ámbito espiritual quienes me proponían diferentes técnicas de apoyo que funcionaban medianamente. Te confieso que, recién conociendo los antecedentes de mi padre, no sabía si interpretar lo qué me pasaba, como simple locura o si, por el contrario, podía imaginar que mi padre había tenido las mismas experiencias que nunca logró canalizar. No supe hasta después de mucho tiempo, que mis terroríficas experiencias eran atraídas por mi propio dolor y angustia frente a los problemas familiares que vivía.

A pesar de todo, esa época de angustia y rechazo a mi facilidad para ver, escuchar y sentir seres, espectros y otros, me impulsó a leer metafísica, psicología, medicina ayurveda. A los catorce años meditaba, ayunaba, buscaba cómo reconciliar todas mis experiencias. Cada nuevo conocimiento llegaba a mí para reconfortarme, para decirme que había algo más grande que este mundo inentendible para mí y que además podía ponerlo al servicio de otros, transformando una idea inicial que tuve al hacer la primera comunión y que me hizo creer que quizá debía ser monja, como la Madre Teresa, por la posibilidad de estudiar Psicología.

En ese tiempo, sentía mucho miedo y por eso todas mis prácticas espirituales las realizaba de día, la noche era algo que no quería ver llegar. Hasta que no pude sostener ambos espacios en mi vida. Si meditaba, sentía la visita de muchos seres que llegaban en grupo, vestidos de blanco y con largas túnicas, me rodeaban y aunque podía escuchar en mi corazón que todo estaba bien, el miedo llegó a dominar estos momentos llevándome a la clausura temporal de mis dones.

Aunque podía escuchar en mi corazón que todo estaba bien, el miedo llegó a dominar estos momentos llevándome a la clausura temporal de mis dones.

Cuando vi la película “sexto sentido” lloré al recordar todas las cosas que colocaba como amuletos espirituales bajo mi cama. Santos, paños rojos, tijeras abiertas, rosarios, una Biblia, no faltaban en ese santuario que deseaba me protegiera de todas las visitas nocturnas que no me dejaban dormir. 

Adultez temprana e inicio de la caída de mis estructuras

Cuando comencé a estudiar Psicología, pensé que dejaría todo atrás, tanto las disfunciones familiares como mis capacidades para contactar seres que no sabía de dónde provenían. Dado que quería ser una excelente profesional, me imbuí en la ciencia y fui dejando a un lado mi espiritualidad, fue fácil en una escuela dominada por la Psicología Tradicional y Ortodoxa con énfasis Experimental, incluso cuando empecé mi proceso psicoterapéutico para apoyar mi preparación, le contaba a mis analistas todo menos “aquello” que se volvió un lugar censurado que hasta llegaba a cuestionar como real a manera de autoconvencimiento.

 

En una ocasión, me atreví a contarle a una de las analistas con las que ya tenía un año de trabajo terapéutico. Me daba pavor que me diagnosticara con algunas de las etiquetas psicopatológicas que ya empezaba a conocer. Luego que le conté lo que había visto, lo que había sentido, las cosas que llegaban a mi mente acerca de los demás, terminé preguntándole ¿crees que estoy loca?, para mi sorpresa me respondió “no creo que estés loca”. No pude regresar a su consulta, sin importar su respuesta, desde ese día no pude volver.

 

Hacia finales de mi carrera, con todo mi pasado enterrado y mi actitud de bata blanca y laboratorio psicológico, decido mudarme con una compañera a un apartamento, con un increíble precio de renta, sin saber lo que me esperaba. El edificio estaba casi totalmente deshabitado, este dato nos parecía curioso, pero sin darle ninguna interpretación, aquel pequeño apartamento empezó a transformarse de un símbolo del inicio de la adultez a un regreso sin retorno a mis pesadillas. Empecé a recibir la visita diaria de un joven espectro que aparecía ensangrentado de la misma forma en que murió, esa visión llevó a muchos otros eventos en ese edificio en el cual pude permanecer un año, y que concluyó con una nueva mudanza y la pregunta ¿hasta cuándo huiré de mí misma?

 

Algunos años de labor como Psicóloga Clínica Tradicional, varios estudios complementarios y una nueva dosis de amnesia autoinducida, me llevaron a un episodio importante que me ayudó a cambiar mi rumbo profesional y a volver a confrontarme con mi Ser espiritual, esta vez sin retorno. Un “paciente” en mi consulta, tras un par de sesiones, contándome más de sus dificultades para relacionarse me dijo “¿sabes qué?, tú no me quieres”, le respondí con alguna de las interpretaciones del protocolo para estos casos, pero no me creí ni una de mis palabras, entonces supe que había perdido mi capacidad de servir desde el profundo amor, eso que hasta llegó a pasearme por la idea de ser monja, también mi intuición, ya no podía saber de su vida sin una palabra sólo podía ser una especie de máquina sin gestos. Hasta el humor raro que tenía para los chistes, se me había atrofiado. Era un ser deformado profesionalmente muy alejado de su magia natural.

Despertar, reconexión y transformación

Maletas en mano y con el apoyo familiar, mi única hija de apenas 2 años y un matrimonio de 4, empecé mi viaje por el coaching, iniciando con la certificación internacional en Coaching ontológico empresarial dada directamente por Rafael Echeverría, autor de la Ontología del Lenguaje. Por ese camino de altos estándares continué buscando cómo reinventarme profesionalmente, comprometida con ser una Psicóloga de los nuevos tiempos, aunque tuviera que hacerlo a pulso y con autoreconstrucción. Luego de incorporar, Coaching, Gestalt, Psicodrama y Arteterapia, comencé a rozar un poco más allá, llegando a Constelaciones familiares, algo de Tetha Healing, Terapia Cuántica y ¡stop!, aún no estaba lista.

 

Anduve un rato en posiciones de Recursos Humanos en varias empresas, mientras miraba de reojo regresar al servicio emocional para otras personas ¿sería capaz?, no importa cuántos nuevos conocimientos, técnicas ¿sería capaz? Inicié entonces una nueva maestría, esta vez en Educación para Adultos y a Distancia, para ver si haciendo mi labor en internet se me hacía más fácil regresar. Sumergirme en las tecnologías, en los procesos de aprendizaje en la actualidad y en las resistencias sociales para con el cambio, me llevó a darle forma a algo que tenía años zanqueando en mi cabeza, el sistema social y su impacto en nuestra vida, comenzaba a entender que todo lo que me había ocurrido con la Psicología reposaba en un Paradigma que alimentaba esta profesión, así se hicieron visibles, uno tras otro, el Paradigma de Educación, el de Género, el de la Economía, la Alimentación, uno tras otro como flechas que me mostraban que la mayoría del sufrimiento humano no proviene de las vivencias individuales sino de los aprendizajes colectivos que afectan nuestras decisiones de manera contundente.

 

Fueron estos hallazgos los que, por un lado, me llevaron a comenzar a escribir el libro “10 pasos hacia una vida auténtica” donde desarrollo mi visión sobre la Autenticidad, y, por el otro, a deconstruirme y desculturizarme, soltando esquemas sociales mentales, lo que posteriormente entendí como mi proceso de despertar, que inició con esta parcial desidentificación con mi Ego. Estos últimos pasos, fueron mi preparación para encontrarme con alguien que extrañaba sin conocer. Un alguien que a los diecisiete años comencé a sentir que debía encontrar en algún lugar del mundo, alguien que no relacionaba con algún género, ni edad, ni rol en mi vida, por el contrario, esta sensación de vacío la pensé patológica y la trabajé con diferentes terapias sin efecto alguno.

 

Pues sí, fue la llegada de mi Llama Gemela, envuelta en un cuerpo de mujer con 32 años más que yo, la que derrumbó cualquier idea que quedará sobre quién era. Pero su impacto no fue sólo mental, su llegada vino con poderosos entendimientos sobre la dualidad, recuerdos de vidas pasadas, canalizaciones, contacto con seres diversos con los que no había tenido contacto antes, acceso consciente a otras dimensiones, identificarme como semilla estelar, entre otras nuevas experiencias que me trajeron, sin retorno, hasta ti y hasta mí.

 

Este es el capítulo más reciente de mi vida, dejar atrás mi país y con él la idea de un lugar fijo para vivir, la transformación de un matrimonio que pasó a ser una gran amistad, y la unida de mi hija a esta aventura, que continúa con el desarrollo de nuestra misión conjunta como llamas gemelas en este momento de ascensión planetaria, acompañando a almas en misión como tú a desarrollar las nuevas estructuras para la nueva tierra, transformando los paradigmas terrestres para vibrar en la Unidad.

AUTORA


Blanca Cesilia Carrero

Co-fundadora de Llamas Gemelas Emprendiendo Consciencia

Co-creadora del Modelo de Emprendimiento Ético-espiritual para la creación de las nuevas estructuras para la Nueva Tierra. Coach de Vida y Emprendimiento, Psicologa Transpersonal. Autora de seis libros que incluyen "10 Pasos hacia una Vida Auténtica"


LLAMAS GEMELAS EMPRENDIENDO CONSCIENCIA

Te acompañamos a materializar tu Misión en este planeta a través de un modelo de emprendimiento coherente contigo, que rompe las viejas estructuras y ayuda a enraizar la Nueva Humanidad, el Emprendimiento Ético-espiritual.